lunes, 23 de mayo de 2016

Momentos


                                                         Momentos

   

  A pesar del destino y las circunstancias, algo en mi interior consigue que me concentre en el momento. Es él lo que importa y no lo por venir. La brisa agradable, la virgen oscuridad tardía y el aroma del tomillo inundan cuanto de mí persiste, como si la manifestación de la naturaleza tuviera la facultad de ralentizar el tiempo, de convertir en infinito lo que siempre ha sido efímero.
  Un momento, el momento, mágico y trivial, reverente e intranscendente, trágico y sentimental. Permanezco en él, abrazado a la eternidad como el destello del lucero que anuncia la primera luz del día. Un destello en cuyo tiempo nada de lo que es existía, pero que cuyo destino siento mío. Todo es irrelevante excepto el instante, tan nuevo como la flor de la mañana, como la estrella que nacerá en algún lugar del vasto firmamento. Siento mi propio nacimiento a una realidad que desconocía, pero que acojo con esa calma que otorga felicidad.
  Así emprendo el viaje, sereno y confiado de lo que me espera en su destino. Sin rencores del pasado, ni recuerdos que torturen, pues ya recibí el perdón por mi ignorancia. La acusadora conciencia decidió otorgarme la gracia de absolverme. Ya nada me señala o, al menos, nada que me importe, porque me he perdonado a mí mismo. He comprendido que la realidad se encierra en la percepción de quien la vive; como la belleza, más presente en los ojos de quien la contempla que en el objeto admirado. Así es la vida, nuestro mayor viaje, nuestra irremediable realidad.
  Un momento da paso a otro, pues aunque su intensidad prevalezca nunca es eterno. Mi sendero apunta hacia el Este, cuna del día que vuelve fiel a su cita, como un retoño que nos recuerda lo efímero de la oscuridad. Desde el que los primeros rayos del amanecer desgarran poderosos las tinieblas, impotentes ante su empuje. Es allí donde nace la nueva oportunidad, no como algo más por lo que pasar, sino como una puerta que se abre a un futuro cuyo encanto reside en cómo lo percibimos.
  Porque la vida se vive como se interpreta.
  Y yo hoy interpreto el momento. La belleza incombustible del azafranado astro, amo de un cielo cambiante y colorido. El perfume de la flor del naranjo, el trino de las aves que dan la bienvenida al día, el calor de las primeras luces. Nada es más importante. Es mi regalo por transitar este viaje, producto de un pasado que se me hace lejano, extraño, como de otra vida.
  Y sonrío. El hombre que viaja a mi lado no entiende esa sonrisa. Percibo cómo aparta la mirada, cargada de un desconcierto que comprendo, pues una vez fue mío. Siento la tentación de explicarle mi descubrimiento, la relevancia del instante, la felicidad encerrada en la calma, en la paz.
  Y el viaje concluye, como todo lo que posee un inicio. El amanecer se hace más vigoroso, recio, dominador del momento. Subo cada escalón del patíbulo sintiendo las sombras que manifiestan que ha llegado. Es el instante final, mas no como lo esperaba, porque soy otro. Veo de otra forma.
  Siento la soga alrededor de mi cuello, pero el destino ha fijado que pueda contemplar el sol naciente durante mis últimos segundos. Mi verdugo intenta colocarme la capucha.
-       No.
  Me mira indeciso. Vuelvo a sonreírle y él aparta la mirada un instante.
-       Por favor, no me robes el momento.
  Es cuanto me queda. Otro momento. Amanece. El viaje concluye.

                                                                   FIN
@Bombicharmer

miércoles, 5 de agosto de 2015

El tiempo y el escritor



  El tiempo es algo que nunca perdona. Da lo mismo las excusas que pongas a la hora de dejar de realizar la labor que quieras, incluso de que te convenzas a ti mismo que no importa esperar y que puedes dejarlo para más adelante.
  Es inmisericorde con quien lo malgasta. Con quien lo infravalora. Se ríe en silencio, con esa sonrisa del que sabe que lleva las de ganar, consciente de que aquellos que no le toman en serio terminarán pagando su osadía.
  Y todos terminamos sabiendo que esto es así en un momento u otro.
  Dejar las cosas para más adelante tiene un nombre feo que algunos odian. Procrastinar. Un verbo de esos que señalan y condenan a quienes sabemos que abusamos de su significado, pero que baña de realidad una forma de no hacer lo que, de forma paradójica, nos gustaría estar haciendo. Y eso nos castiga y llena de dudas la mayoría de veces.
  Como un servidor no conoce muchos mundos se centra en el que sí conoce, que es en el de la escritura. He aquí que muchos escritores se quejan de su propia procrastinación como si de un ser vivo se tratara, capaz de devorar las horas de forma inútil sin permitir que el protagonista las aproveche. Por mucho que nos duela no es un ningún demonio llamado a obstruir nuestra senda de creación. Es nuestra propia actitud.
  Y es una actitud alimentada por otros demonios que sí existen, más personales y perjudiciales, procedentes de nuestra propia debilidad, de nuestras dudas, nuestros vacíos.
  En ocasiones, creemos que si el arte no sale espontáneo no vale, como si crear fuera incompatible con el esfuerzo y el trabajo y, cuando la fluidez que esperamos no nos visita, nos desanimamos y dudamos de nuestra capacidad. Es un error que puede provocar entrar en un bucle sin final, porque cuanto más dudemos de nuestra capacidad menos confiaremos en lo que hacemos; y sin confianza es mucho más difícil crear.
  Muchas grandes obras se han realizado bajo presión a partir de una exigencia contractual. Se han escrito porque había que escribirlas y han triunfado.
  Se trata de trabajar, de exprimir la magia que llevamos dentro y obligarla a salir de su escondite.
  Amigo y amiga escritor o escritora. No se te ha olvidado escribir, ni se te han agotado las palabras. Tal vez deberías mirar en la motivación que te llevó a crear lo que creaste y que abandonaste sin ser consciente de ello. No culpes a la hoja en blanco ni a las circunstancias. Ellas no tienen la culpa de que el tiempo sonría cuando te observa. Él sabe bien que tiene ganada la batalla si no peleas contra ti mismo.
  Es in misericorde y veloz.
Y no piensa perdonar.

@Bombicharmer

domingo, 8 de febrero de 2015

Un baño de realidad

  Con la auto publicación, el mundo literario se ha expandido de una forma que algunos califican de peligrosa. El hecho de que cualquiera pueda publicar, promocionar su obra en las redes y llegar a los confines de la tierra con ella, abre un abanico de posibilidades infinito para los que creen que tienen algo que mostrar al mundo.
  Debo admitir que, en contra de lo que muchos aseguran, no estoy tan seguro de que esto se malo o bueno. Entre los que optan por auto publicarse hay grandes talentos e historias que merecen la pena ser leídas. Por contra, ser publicado por una editorial con nombre no garantiza ni calidad ni riqueza en la historia. Tan solo que, por la corriente lectora del momento, dicha editorial considere que el producto pueda tener mercado.
  Vivimos en la época de la supervivencia. La posibilidad de que una inversión resulte productiva es la primera opción a tener en cuenta para un editor y, aunque no me parezca justo para muchos escritores, hay que
comprenderlo.
  La contrapartida es que, entre los muchos que optan por auto publicar, se cuelen cantidad de bodrios infumables e indignos de ser leídos. El problema llega cuando queremos filtrar lo que merece la pena de lo que no. Existen pocas herramientas para hacerlo, pero las hay.
  Una de ellas, importantísima, son los blogs de lectura donde, un lector o lectora concreta, da su versión crítica de la obras que va leyendo. Admitamos que los gustos son siempre subjetivos, se trate de quien se trate, pero ésta es una forma más o menos fiable de tomar contacto con los escritos que no conocemos.
  He de admitir que, en mi caso, jamás pedí una reseña a blog alguno. Tal vez porque me dio corte mendigar una opinión, o porque siempre me he visto como un grano de arena más en el desierto, y he creído que las cosas deben surgir por sí solas. Verlía tuvo cinco reseñas de su primera parte y todas de personas que lo leyeron antes de forma voluntaria. No sé si seré un bicho raro, pero así me ha ido con las ventas.
  El caso es que, si algo debe respetar por encima de todas las cosas quien escribe, es al lector. Si alguien tiene la deferencia de leer tu obra, debes respetar su opinión, aunque ésta sea negativa. Y esto incluye a los administradores y administradoras de los blogs literarios.
  No parece que muchos piensen de esta forma. Hoy en día, los blogs guay y con seguidores son aquellos que hablan maravillas de todo cuanto cae en sus manos y leen. Los ataques furibundos a los blogs más críticos han proliferado en forma de quejas, amenazas y ninguneo. Pretendemos que el filtro se haga con los demás, pero nunca con nuestra obra.
  Al parecer, si regalas un libro para ser criticado, estás comprando a quien se lo regalas. No se pueden hacer críticas negativas de nada o caes en desgracia.
  Ningún libro de la historia ha gustado a todo el mundo. Ninguno. Yo lo he comprendido desde un primer momento y, a pesar de que algunas cosas que me han dicho me han dolido, siempre las he recibido como un baño de realidad que me han provocado una mirada hacia dentro. Porque la perfección no existe en uno mismo y, por lo tanto, tampoco en cuanto tengamos que llevar a cabo.
  El ego, aunque nos cueste admitirlo, destruye. Destroza el entorno, ensucia las líneas que escribimos y acaba con la inocencia del que, de verdad, tan solo busca compartir historias.
  ¿Y sabéis cuándo pasa esto? Cuando la historia es lo de menos y, en realidad, a quien vendemos es a nosotros mismos. Esa es la clave.

@Bombicharmer

domingo, 25 de enero de 2015

Lo que los cómics no nos cuentan

 Érase una vez un lobo bueno cuyo pelo rojo era objeto de deseo de una niña mala que lo quería para hacerse una capucha. La pequeña le perseguía por el bosques sin miramiento alguno, armada con una daga curva que le había regalado su hermano Aladdin. 
 El pobre lobo. agotado, intentó refugiarse en una casa construida con azúcar. En su interior halló a dos hermanos que, en ese momento, se encontraban dándose un banquete con los sesos de siete enanitos, a los que antes engordaron con azúcar de caña, porque eran estreñidos y les gustaba la fibra. Éstos, de tanto comer cerebros, se habían vuelto zombis inteligentes y lograron engañar al pobre lobo para que entrara en una celda con barrotes de adamantium.
 Mientras tanto, la niña (que era vikinga y bruja mala) se transformó en viejecita entrañable para engañar a los hermanos y poder acceder a la pelambrera del desdichado canino.
 Pero los zombis resultaron ser demasiado inteligentes y calaron a la niña malvada, por lo que ella decidió transformarse en dulce princesa mas, al coserse el vestido, que venía con defecto en el conjuro, se pinchó con la aguja de una rueca y se durmió, pues se volvió más vaga que el logopeda de un presidente del gobierno.
 Fue entonces cuando apareció un príncipe encantador y pervertido que, al verla dormida e indefensa, le tocó el pecho izquierdo y se transformó en sapo.
 El sapo se fue dando saltitos hasta colarse por unos barrotes en la celda del lobo que, aunque bueno, tenía hambre, pues no podía comer azúcar de caña por ser diabético, lo que cabreaba mucho a los zombis. El lobo, con todo su pesar, se comió al sapo sin saber que, en realidad, era un príncipe. El encantamiento se rompió y el lobo se convirtió en hombre, arrancó los barrotes de la celda y se los colocó en las manos, convirtiéndose en Wolverine.
 Éste, y no otro, es el verdadero origen de los X-men. 

@Bombicharmer

sábado, 13 de diciembre de 2014

El ego del escritor

@Bombicharmer

  A todos nos gusta que lo que hacemos se nos reconozca. Partiendo de esa base, tan de perogrullo, no debería extrañar a nadie que, quienes escriben, lo hagan con la esperanza de que su obra sea reconocida como buena. Y eso como mínimo.
  Tampoco ha de causar extrañeza que se alegren cuando alguien elogia lo que han escrito, ni que lo cuelguen para compartirlo en las redes, ese lugar de encuentro y encontronazos tan popular donde todos luchamos por hacernos un sitio. Siempre en busca de ese reconocimiento y, en ocasiones, algo más.
  Pero no me quiero adelantar al guión que me he establecido yo mismo. Primero quiero humanizar a los escritores. Y es que todo tiene una explicación si comenzamos por verles como son, humanos. Con sus defectos y sus virtudes. Aunque algunos dirían que no son humanos cualquiera por su creatividad, sensibilidad y capacidad para transmitir esas
sensaciones y sentimientos.
  ¿Pero es que hay humanos cualquiera? Porque la sola idea de que alguien lo piense, y sé que sí, me parece aterradora. Y es que el ser humano, por definición, es proclive a sentirse especial cuando destaca de los demás por el motivo que sea. Y ese destacarse de lo vulgar es algo que lleva a muchos a apuntarse al carro de juntar letras (y otros caracteres, que no solo de letras vive el escritor). Sentirse así partícipe de una élite singular y alejada de la rústica realidad de lo mundano y ordinario. Aguardando que los lectores de sus novelas terminen por construir para sí el merecido altar donde merecen descansar las obras que tanto trabajo (y tiempo) les ha robado a sus vidas.
  Es, de esa forma, que algunos terminan visualizando ese altar en forma de comentarios, ventas y reconocimiento por parte de los colegas y los lectores.
  Y el ego crece.
  Pero el ego no es exclusivo de quienes escriben, sino algo general en el ser humano, tan común como puede ser el que entren ganas de comer palomitas cuando captas el olor a la entrada del cine, aunque lleves años sin comerlas. Vamos, más o menos.
  Y llega el momento en el que te tiras un pedo en las redes sociales y tienes doscientos "me gusta" o "retwitts". Que dices !ay! y todos te dicen que cuánta razón tienes.
  Y el ego crece.
  Pero claro, nadie admite que es eso lo que busca cuando escribe, disfrazando de inquietud altruista el digno oficio de juntar letras, de generosidad espiritual el transmitir historias, simulando un "yo lo hago a cambio de nada, solo porque me gusta hacerlo". Y es que lo normal debe ser eso, que emplee horas y horas de trabajo haciendo algo a cambio de nada.
  No hace mucho comenté que, a la mayoría, nos mueve algún tipo de interés cuando damos algo, y lo sigo pensando. Quizá lo más desinteresado del ser humano sea el amor y, aún así, termina muriendo cuando no es recompensado, por no decir que podemos llegar a amar más por la necesidad que tengamos de la otra persona. Pero, en fin, ya me estoy yendo otra vez por los cerros de Úbeda.
  El caso es que una escritora me dijo que lo llamara más bien inquietud y no interés. No quise contestarla, pero pensé que como disfraz quedaba hasta bonito, aunque no real, ni creíble. Pensé que su ego podría verse afectado y no pretendía polemizar.
  Existe la búsqueda, no siempre voluntaria, de alimentar la propia imagen que proyectamos con aquello que hacemos, y eso se llama ego. Un monstruo a quien cuesta alimentar cuanto más grande se hace. Y os puedo asegurar que a algunos escritores se les ha ido la mano dándoles alimento.
  Algunos llegan a exigir que les des la razón cuando hablan, amenazan a blogur@s si la reseña de su obra no es lo positiva que esperaban y que terminan por considerar natural que se les vea por encima del resto de los mortales. Porque no son personas cualquiera.
  Y es que, para ellos y ellas, el mundo sí está repleto de humanos cualquiera.
  He dicho.

domingo, 7 de diciembre de 2014

"August. Pecado mortal" de David J. Skinner

  Hoy quiero presentar a un buen amigo, de esos que siempre están donde deben. Al menos, así ha sido conmigo. Esta semana he podido leer dos libros suyos y ambos me han gustado bastante, pero de forma especial uno de ellos. "August. Pecado mortal".

El autor

Nacido en Madrid el 9 de julio de 1974, de padre norteamericano y madre española, David J. Skinner decidió comenzar a escribir novela a mediados de 2011, decantándose por el thriller y la novela policial. Desde entonces, lleva cuatro novelas finalizadas y varias en proceso —una de ellas de fantasía épica—, aparte de haber sido ganador o finalista en diversos concursos literarios, destacando varios de sus relatos cortos emitidos por varias emisoras de radio —como Había llegado la hora¿Una vida distinta?Fue un héroeSabor de amor o La ruleta de la fortuna—, el relato finalista del Segundo Certamen de Relato TerBiEl hombre eterno, la novela finalista del II Premio Wilkie Collins de novela negra y ganadora del II Premio de Narrativa Libros MablazUna herencia problemática, y la novela finalista del III Premio de Novela Breve Oscar WildeAugust. Pecado mortal.
Por ahora cuenta con cuatro novelas editadas en papel, Los crímenes del ajedrez (Ediciones QVE, 2012 – ISBN: 978-84-15546-37-5), que salió a la venta en septiembre de 2012, La amenaza (Libros Mablaz, 2013 – ISBN: 978-84-15768-28-9) , un thriller futurista, Masacre en Nueva York (CreateSpace, 2014 – ISBN: 978-1499545524), una nouvelle negra protagonizada por el detective Cutfield, y August. Pecado mortal (M.A.R. Editor, 2014 – ISBN: 978-8494218248).


Sinopsis

Es uno de los lugares más conocidos y más terribles del mundo: el corredor de la muerte, y en cierta medida es el protagonista de esta novela. Por él ha de pasar Robert August Robertson, quien fue condenado a morir en la silla eléctrica por un asesinato cometido en Nebraska, en 1971. ¿Cuál fue su verdadera historia?

En esta novela, el propio August nos narra su vida, comenzando por los turbulentos hechos previos a su nacimiento, y llegando hasta su último instante de vida... y puede que un poco más. ¿Fue realmente culpable del crimen por el que se le condenó? Esa pregunta se la hará en varias ocasiones su confidente en el corredor de la muerte: el guardia que está a punto de conducirle hasta la silla.

El propio lector se convertirá también en confidente de August. Junto a él, al guardia y al juez que, en última instancia, determinará su culpabilidad, compartirá unas vivencias terribles.

A lo largo de estas páginas podremos conocer una vida llena de sinsabores y tragedias, los latigazos que durante años fueron marcando su alma; es la historia de un niño sin infancia, un joven que intentará huir de su destino, y un adulto que deberá enfrentarse a sus pecados. Solamente en las últimas páginas, el lector será capaz de responder a una pregunta: ¿Quién fue Robert August Robertson?


Mi opinión

  La novela está narrada en primera persona, por parte del hombre que está a punto de morir ajusticiado. Esto hace que empaticemos con él en seguida, pues nos narra una historia difícil de digerir y en la nos costará trabajo discernir quién es realmente el culpable de los crímenes cometidos.
  Suelo leer en el tren, de camino al trabajo y vuelta a casa. Puedo deciros que lamentaba llegar a mi destino y que, en alguna ocasión, me he llegado a tropezar con alguien por querer seguir leyendo en el andén mientras caminaba. Solo tiene una pega, y es que como todas las obras del bueno de David, es muy corta. También ha hecho que la saboree de una forma especial, mientras vislumbraba en mi mente e August narrando la historia, así como al carcelero que la escucha. 
  Me gusta cómo escribe este autor, pero debo decir que ésta es la mejor novela que ha escrito. Las demás me gustaron, pero "August" pienso volver a leerla muy pronto.
  La ambientación está más que lograda. Los diálogos, descripciones y situaciones te transportan sin dificultad a la mitad del siglo XX, en la que se sitúa una historia cargada de dramatismo y fuerza. 
  En ella, Robert August intenta huir de un destino forjado antes de su mismo nacimiento, mas escapar al destino no siempre es posible. 
  No os diré más, pues prefiero que la leáis por vosotros mismos. No os arrepentiréis de hacerlo. Os dejo el enlace de la editorial y su página de autor.

http://www.mareditor.com/narrativa/August_DavidJSkinner.html
http://davidjskinner.com/about/

martes, 2 de diciembre de 2014

¿Están locos los escritores?


  Salvo en algunos casos excepcionales, una persona normal tiene suerte si posee un empleo, aunque éste le haga trabajar infinidad de horas por un salario miserable.
  Ahora imaginad que, uno de esos tipos en esta situación, llega a casa cansado, se ducha, cena, dice hola y poco más a la familia, y se sienta en el ordenador a trabajar.
  Pensaréis que es un pluriempleado, capaz de cualquier cosa por sacar adelante su hogar, pero no.
  Lo que en realidad hace es realizar un trabajo que le llevará años acabar, para el que tendrá que estudiar cosas que no le habían interesado en toda su vida, en el que se dejará el alma y parte del cerebro. Cuando crea que, por fin, lo ha acabado, volverá a revisarlo una y otra vez hasta que acabe por pensar que nunca lo dejará bien, y entonces...
  Comenzará el camino de la publicación, se dirigirá a agentes, editoriales, otros escritores, será activo en las redes sociales. Es posible que tenga que aprender a maquetar, manejar programas de diseño gráfico, y acostumbrarse a dormir entre cuatro y cinco horas al día. Porque tendrá que promocionar su obra y, para eso, hacer todo lo posible por ser visible en las redes; claro, en las horas que le queden libre tras estar fuera de casa dos terceras partes del día.
  Y, mientras, sus hijos y su mujer le observarán como se aleja cada vez más, engullido por un mundo injusto y cruel, en el que la masificación amenazará con relegarle al anonimato y la invisibilidad.
  Pero se arriesga a sufrir esa invisibilidad, en casa y fuera de ella, porque siente que tiene algo que contar y quiere compartirlo con el resto de la humanidad. Porque tiene fe en su historia. 
  Sabe que no ganará dinero e, incluso, es posible que pierda algo en su empeño, mas no le importa. Cada cierto tiempo recibe un elogio por su obra y se siente recompensado por haberla escrito, renueva esperanzas, cree que lo que hace es bueno y continúa en su empeño. 
  Sin un final claro, sin más propósito que ser escuchado, sin mayor sueño que el de continuar contando historias en las que viajen su alma, sus anhelos y las horas de sueño perdidas. 
  Le gusta lo que hace e intenta mejorar. Aprende de unos personajes a los que empieza a creer reales, porque le enseñan cosas de sí mismo que desconocía, y en ese momento...
  Mirará hacia atrás y se preguntará cuándo dejó de ser una persona normal. En qué momento se convirtió en esclavo de sus propias historias. Cuándo decidió que la obra era más importante que el que la escribe. Pero ya será tarde para él.
  Quizá nunca llegues a entenderle. Ni tú ni muchos de los que están a su alrededor, pero has de saber que no le importará si le lees, pues es todo cuanto persigue en su locura.

  
  @Bombicharmer